Caída Libre

Andrés Capelán 

Volaba rápido. La fuerza del viento le hacía difícil mantener los ojos abiertos, y tampoco  podía respirar. “No importa, voy a disfrutar” –pensó aguantando el aliento, el pecho inflado, los brazos extendidos, el traje flameando. Su madre lo miraba desde una lejana loma de verde césped, nerviosa, retorciéndose las manos. Su padre movió la cabeza repetidas veces a derecha e izquierda y dijo: “Éste siempre el mismo pelotudo”. Él sonrió mientras surcaba raudo los aires. Típico de su padre ese comentario. Lo mismo dijo cuando cuando perdió el primer exámen, cuando se ennovió por primera vez, cuando se tuvo que casar de apuro, cuando dejó de estudiar, cuando comenzó a trabajar, cuando perdió el primer trabajo, cuando tuvo el primer hijo, cuando se divorció por primera vez. Su padre siempre movía la cabeza de izquierda a derecha y decía “Éste siempre el mismo pelotudo”. Su madre en cambio guardaba silencio y se retorcía las manos, igual que ahora.  

Había planificado un viaje corto, unos pocos metros, unos pocos segundos. Sin embargo, ahora, en el aire, su vuelo parecía mucho mas largo y lo disfrutaba. Se dio cuenta de que toda su vida había estado buscando esa sensación de libertad, y se preguntó por qué había esperado tanto. Claro que la respuesta ya estaba en su cabeza antes de hacerse la pregunta. Los compromisos, las presiones sociales, el qué dirán… Con una sonrisa recordó aquél aforismo reaccionario que decía “Si Dios hubiera querido que los hombres volaran tendríamos alas”. Eso le hizo acordarse de su Primera Comunión y de su catequista, una solterona que vivía con su madre. Ella fue la que le abrió las puertas del catolicismo. Para entrar, cuando le explicaba el Génesis y el Apocalipsis, y para salir, cuando quedó embarazada “de un señor mayor y casado”, como contaba su madre a las amigas cuando pensaba que él no escuchaba. 

Giró en el aire y quedó mirando al cielo, sus cabellos revoloteando a ambos lados de su cabeza. Saludó al piloto del avión, respiró hondo y volvió a girar, el cielo estaba radiante pero quería ver hacia donde iba, que ya era hora de buscar un adecuado campo de aterrizaje. Vio una plaza repleta de personas, decenas de miles, tal vez, que escuchaban a un orador que –micrófono en mano- caminaba para un lado y para otro de un gran escenario. No, allí no había lugar. Giró hacia su izquierda y se encontró con una estadio en el que otros miles de personas presenciaban un partido de fútbol. Allí tampoco, hubiera sido una falta de respeto interrumpir el match aterrizando en el pasto. ¡Pasto! –pensó, y dirigió su vuelo hacia la loma en la que lo esperaba su madre, ahora con los brazos abiertos. El cuerpo reventó cuando cayó en la acera.

General Mayo 11th, 2008 at 10:33am  



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