EN SILENCIO AL ATARDECER
Andrés Capelán
Sólo, la ventana abierta, las sábanas en desorden, mira el techo del rancho de lata con manchas de óxido, con telarañas, con lentitud, con desgano, con ojos enrojecidos. Respira el aire pesado y húmedo mezclado con el humo de su cigarrillo. Escucha la música festiva que llega del rancho de al lado y respira y aspira lenta y demoradamente. La mirada perdida, inhala y exhala, una y otra vez. La cara sin afeitar, agobiado por el calor, fuma y mira el techo.
Sus movimientos (los del brazo que cada tanto arrima el cigarrillo que aprietan las falangetas de los dedos índice y mayor de su mano derecha) son lentos. Tiene la camisa manchada y húmeda pegada al cuerpo. Tiene las uñas negras. Se mira las palmas de las manos y al notar que se se le han ampollado maldice en voz baja, como si alguien pudiera escucharle. Pero no hay nadie, solo están él y la cama y la tarde gelatinosa y una mesa con una damajuana y dos vasos y un ropero viejo y una pala y dos sillas (la que está caída parece envuelta en ropa de mujer) y el calor insoportable y poco más. Huele a vino barato.
Le brillan los ojos. Hay mugre en las rodillas de sus pantalones y ahora sobre las sábanas, manchadas y húmedas. Cuando el cigarrillo casi consumido le quema los dedos lo tira al piso de tierra removida con un gesto rápido, y vuelve a maldecir, ésta vez en voz alta y con energía. Luego, se queda quieto pero inquieto, como escuchando atento, pero lo único que oye es la música, nada más, ninguna conversación, ninguna sirena.
Enseguida mete la mano en el bolsillo de su camisa y saca otro cigarrillo de un paquete ajado. Tantea en su pantalón buscando algo, saca una caja de fósforos y enciende uno. Su mano temblorosa lo acerca al extremo del segundo cigarrillo. Tira la cerilla al piso, y vuelve a quedarse inmovil, mirando las volutas del humo del tabaco al trasluz del sol poniente que entra por la ventana. Y el calor que no cesa, y el olor a tierra y a sudor. Y las sábanas manchadas.
La luz del sol desaparece de golpe. No se mueve una hoja, la música ha cesado. Algo está por suceder, el calor es más agobiante que nunca. Se queda inmóvil, congelado como en una fotografía, expectante. De pronto una ráfaga de aire entra por la ventana. Luego, un destello plateado contra la pared metálica, y casi enseguida, un trueno.
Se queda allí, quieto pero alerta, escuchando cómo las primeras gotas –gruesas, lentas- resuenan contra las chapas. Las va contando. Por poco tiempo, no llega a la veintena porque al rato la lluvia es un murmullo contínuo y ya no puede distinguir una gota de otra. Gira su cuerpo y se sienta en la cama. Hace resbalar las palmas de sus manos sucias y ampolladas por su cabeza, desde la frente hasta la nuca. Suspira, se para y camina hasta la ventana esquivando la tierra removida y el charco de sangre. El aire fresco llena sus pulmones. La música vuelve a sonar con estridencia en el rancho de al lado. Mira llover sobre el jardín, impasible, fuma, y piensa: “No dijo ni ¡Ay!”.
General Agosto 3rd, 2008 at 11:30pm

2 Comentarios Agregar comentario
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