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	<title>Betaville</title>
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	<description>Capelán en serio</description>
	<pubDate>Fri, 13 Mar 2009 04:14:03 +0000</pubDate>
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		<title>A VER CUANDO SE REPITE&#8230;</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Mar 2009 04:12:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>andres</dc:creator>
		
	<category>General</category>
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		<description><![CDATA[Llegaron cada uno por su lado pero al mismo tiempo. Se miraron y se sonrieron el uno al otro aunque con un dejo de tristeza. Él apartó una silla y ella se sentó, luego él giró en torno de la mesa y también se sentó. Se volvieron a mirar el uno al otro, pero esta [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">Llegaron cada uno por su lado pero al mismo tiempo. Se miraron y se sonrieron el uno al otro aunque con un dejo de tristeza. Él apartó una silla y ella se sentó, luego él giró en torno de la mesa y también se sentó. Se volvieron a mirar el uno al otro, pero esta vez no sonrieron.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— ¿Qué tomás? –preguntó él sin dejar de mirarla a los ojos.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— No sé&#8230; –dudó ella- hace calor&#8230; ¿qué tal una cerveza?</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Perfecto –respondió él al tiempo que llegaba el mozo- Buenas tardes, una cerveza grande –le dijo.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Como no, enseguida –respondió el mozo y giró sobre sus talones.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">Él la volvió a mirar mientras ella revolvía la cartera buscando sus cigarrillos. Cuando los encontró y se puso uno en la boca, él ya extendía su mano con el encendedor prendido.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Gracias –dijo quedamente ella.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— De nada –contestó él.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">Él también encendió un cigarrillo de los suyos y lanzó el humo hacia adelante hasta que se mezcló con el del cigarrillo de ella. Los humos tenían distinto color, el del cigarrillo de ella era blancuzco, el del suyo era azulado. Distintas mezcla de tabacos, claro.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— ¡Qué calor! ¿Eh? Está realmente insoportable –dijo él por decir algo.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Si, terrible –contestó ella por contestar- además hay mucha humedad&#8230;</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Bueno, está anunciado tormenta –recordó él en el momento en que el mozo llegaba con la cerveza y dos vasos.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">Guardaron silencio mientras el mozo destapó la cerveza y sirvió un tanto en cada uno de los vasos.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Gracias –le dijo él.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Para servirlo –contestó el mozo.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Sí –dijo ella continuando la conversación- siempre anuncian tormenta y al final no llueve nada.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Es verdad –dijo él mientras terminaba de llenar los vasos- no dan pie con bola.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Es que el tiempo está loco –dijo ella.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— El cambio climático&#8230; –sugirió él mientras levantaba su vaso- Salud –conminó enérgico.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Salud&#8230; –respondió ella desganada, y comenzó a beber su cerveza.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Ahhhh –dijo él, satisfecho- no hay nada como una cervecita bien fría un día de calor. ¿No?</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">Ella giró la cabeza y miró cómo una moto se escurría a toda velocidad entre dos ómnibus con el escape abierto.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— ¡Qué locura! –dijo mientras movía la cabeza como negando- ¿Así cómo no querés que se maten?</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Si, son unos kamikazes –dijo él estirando la cabeza para poder seguir viendo la moto zigzageando entre los vehículos.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">Terminaron sus cigarrillos y encendieron otros. Ésta vez ella se le adelantó y prendió el suyo con su encendedor sin darle tiempo a nada.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Si no hubiera tanta humedad, el calor no embromaría tanto –dijo él.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Si, la humedad es lo que tiene –respondió ella mientras terminaba su cerveza. </font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Yo no sé por qué no hacen algo –se preguntó él.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— ¿Con la humedad?</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— No, con las motos, todos los días se matan dos o tres, es una locura</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— ¿Y qué querés que hagan? ¿Que prohiban las motos? Dejálos que se maten nomás, si son estúpidos&#8230;</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Si, pero si vos los atropellás, después el mal rato lo pasás vos –reflexionó él- y no hay derecho, si quieren matarse, que se maten solos pero que no te embromen a vos. ¿No?</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Eh buah –contestó molesta ella- vos siempre queriendo arreglar el mundo&#8230;</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Y con el ruido que hacen esos escapes&#8230;</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Si, es insoportable, con eso sí que tendrían que hacer algo</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Y no llueve&#8230; –reflexionó él.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Ya va a llover y después se van a quejar porque hay inundaciones </font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Si, el tiempo está loco</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Siempre pasa lo mismo –acotó ella.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Cuando yo era chico no pasaban estas cosas, cuando era verano era verano y cuando era invierno era invierno, ahora, en cambio, está todo mezclado, ya no sabés como vas a salir, ya no sabés –remarcó él.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Decímelo a mí, que salgo de casa de mañana temprano y tengo que traerme todo un equipaje por las dudas de si llueve o si refresca, que sinó después te agarrás una gripe y terminás no pudiendo ir a trabajar –se quejó ella.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">Él terminó de vaciar la botella de cerveza en el vaso de ella y le preguntó:</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— ¿Tomamos otra? Está tan rica&#8230;</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— No, dejá, tengo que volver a trabajar –contestó ella al tiempo que vaciaba su vaso.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Tenés razón –reconoció él- además la cerveza tiene muchas calorías y al final te da más calor.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Si, eso también, vamos. –dijo ella al tiempo que comenzaba a pararse.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">Él dejó un billete de cien pesos sobre la mesa antes de pararse y buscar al mozo con la mirada. Cuando lo encontró, le hizo un gesto para indicarle que allí quedaba el dinero. El mozo asintió con la cabeza y sonrió. </font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">De pie los dos junto al semáforo, él le dijo:</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Bueno, un gusto charlar contigo, a ver cuando se repite.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Lo mismo –dijo ella- chau, hasta otro día. –y cruzó la calle rauda aprovechando la luz verde.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">— Chau –dijo él. Pero ella ya se había ido.</font></p>
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		<title>&#8220;IN HOC SIGNO VINCES&#8221;</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Mar 2009 02:27:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>andres</dc:creator>
		
	<category>General</category>
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		<description><![CDATA[(Comienzo o final de una novela que nunca escribiré) 
Por Andrés Capelán
 
Es el 27 de octubre del año 312, las tropas de Constantino el Grande marchan al encuentro de las de Majencio. En las cercanías del  Puente Milvio Constantino mira el cielo, ve una imagen formarse frente al Sol y escucha una voz que le dice: [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal"><font size="3"><font face="Arial">(Comienzo o final de una novela que nunca escribiré) </font></font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3"><font face="Arial">Por Andrés Capelán</font></font></p>
<p><font size="3" face="Arial"> </font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">Es el 27 de octubre del año 312, las tropas de Constantino el Grande marchan al encuentro de las de Majencio. En las cercanías del  Puente Milvio Constantino mira el cielo, ve una imagen formarse frente al Sol y escucha una voz que le dice: “Con este signo vencerás”. Esa noche tiene un sueño en el que se le ordena cambiar el símbolo de sus estandartes por la imagen que ha visto en su visión. A la mañana siguiente, ordena sustituir las águilas por la Estrella de David&#8230;</font></p>
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		<title>¿ES TAN DIFÍCIL ENTENDER ESO?</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Jan 2009 16:36:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>andres</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Ella dijo: &#8220;¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? Ya me tienes harta con tus ironías y tus indirectas. ¿Hasta dónde piensas llegar con eso? Insistes una y otra vez con lo mismo. ¿No te das cuentas de que aburres? Si, aburres y aburres mucho, Dios bien sabe cuanto aburres. ¿A quien piensas convencer [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">Ella dijo: &#8220;¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? Ya me tienes harta con tus ironías y tus indirectas. ¿Hasta dónde piensas llegar con eso? Insistes una y otra vez con lo mismo. ¿No te das cuentas de que aburres? Si, aburres y aburres mucho, Dios bien sabe cuanto aburres. ¿A quien piensas convencer con esos comentarios agresivos? En realidad logras el efecto contrario al que te propones. Generas rechazo ¿No te das cuenta? No, claro que no te das cuenta, es por eso que sigues y sigues con tus ironías. Una y otra vez y otra vez de nuevo. ¿Estás buscando que me harte de ti? Pues ya lo has logrado, así que basta. Date por satisfecho y déjame tranquila. Olvídame ¿Quieres? Tan solo eso: olvídame y haz tu vida como si yo nunca hubiera existido, que eso es lo que haré yo de ahora en más. Por eso te advierto: no gastes tu tiempo contestándome. No te escucharé, no te leeré, ni siquiera te miraré. A partir de ahora serás transparente para mí, serás como un vidrio inmaculado, miraré a través de ti sin verte. ¿Lo entiendes? ¿Entiendes de lo que hablo? ¡Santo Dios! Dices que lo entiendes pero continúas con tu cantinela&#8230; ¿Qué tengo que hacer para que me dejes tranquila? Te creía más inteligente. ¿Sabes? Además de hastiarme me has decepcionado. ¿Nunca has escuchado el refrán? ¿Por qué entonces sigues respondiendo necedades? Deja eso ya, cállate de una buena vez, vive tu vida, sé feliz, olvídame, por favor, olvídame. No te amo. No quiero saber de ti nunca más. ¿Es tan difícil entender eso?&#8221;</font></p>
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		<title>CLUB DE ESCRITORES</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Dec 2008 15:31:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>andres</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Cuando le dices a Wordsie lo maravillosamente bien que escribe, ella no te cree, te lanza una mirada socarrona y busca cambiar de tema: ¿Cómo están tus hijos? –te preguntará si es que los tienes. Si insistes con el tema de la calidad de su obra, ella se pondrá seria y a lo sumo te [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><font size="3" face="Arial">Cuando le dices a Wordsie lo maravillosamente bien que escribe, ella no te cree, te lanza una mirada socarrona y busca cambiar de tema: ¿Cómo están tus hijos? –te preguntará si es que los tienes. Si insistes con el tema de la calidad de su obra, ella se pondrá seria y a lo sumo te dirá: Escucha, no tiene importancia; nada tiene demasiada importancia y ésto tampoco, así que ya está bueno, habla de otra cosa, por favor –y tu no tendrás otra opción que hacerle caso.</font><font size="3" face="Arial"> </font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">Lordie, en cambio, escribe tan mal pero es tan pagada de sí misma que al principio te causa gracia y luego piedad. A ella sí le encanta hablar de su obra y –para desgracia de nosotros, sus amigos- recitarla una y otra vez a viva voz. ¡Por Dios, Lordie! ¿No te das cuenta de que escribes muy mal? –quieres decirle pero nunca te animas por no lastimarla porque es tu amiga y la quieres. Entonces callamos y soportamos estoicamente sus declamaciones y a Lordie le brillan los ojos de orgullo.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">A Bear se le importa un pepino lo que tú opines sobre su obra y te lo hace saber. Para empezar, nunca nos lee nada. Si quieres conocer lo que escribe Bear tendrás que comprar sus libros. Luego, si le preguntas por algo que no has entendido, te responderá realmente serio: Si hubiera querido explicar las cosas, habría escrito un ensayo –y tú no puedes menos que coincidir con él y entonces sonries y te callas.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">Goldie es distinto, él disfruta hablando de su obra, y lo bueno es que te hace disfrutar también a tí. Te explicará todas las dudas que tengas, al punto de continuar sus historias oralmente allá hasta donde tú lo necesites. Te contará los pormenores que precises conocer para comprender cabalmente su mundo, te hablará del clima, de las cosechas, de la infancia conflictiva de uno de sus personajes secundarios, del olor que había en la calle en la que A se encontró con B, en fin, de lo que sea necesario para que entiendas. Él disfruta haciendo eso y te hace disfrutar a tí. Por eso muchas veces le hacemos preguntas por gusto.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">Franzie es lo opuesto de Goldie, al punto de que nunca muestra lo que escribe. Siempre anda para arriba y para abajo con un portafolios lleno de manuscritos ajados pero cuando le pides que te adelante algo de su novela, indefectiblemente te responde: No es el momento, todavía no está pronta, todavía no está pronta. Y siempre te dirá lo mismo por más que insistas. Para peor, Franzie no abandona su portafolios ni para ir al baño, así que ni siquiera nos queda la opción de husmeárselo cuando él no está, porque siempre está. En un momento llegamos a dudar de que Franzie realmente estuviera escribiendo algo, pero Lordie nos ha contado que lo ha visto escribiendo desaforadamente en la mesa de un bar. Luego, cuando ella ha entrado en el establecimiento, Franzie ha guardado sus hojas apresuradamente y se ha sonrojado.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">Como la mayoría de nosotros, Pride no tiene empacho en hablar de su obra, aunque es inútil porque ninguno de nosotros entiende nada de lo que escribe. El problema es que Pride escribe de tal manera que nos da vergüenza pedirle explicaciones, así que callamos y nos quedamos con la sensación de que él es un gran escritor y nosotros unos ignorantes gandules. Pride es el más exitoso de todos nosotros, ya lleva publicadas tres novelas que se han vendido muy bien y está escribiendo la cuarta. Los críticos lo adoran, pero como cada cual tiene su explicación propia para esa admiración, de poco sirve leer las críticas de los libros de Pride para tratar de entender de qué cornos está hablando.</font></p>
<p class="MsoNormal"><font size="3" face="Arial">En lo que a mí respecta, escribo por necesidad espiritual y por mera diversión. Como tengo múltiples ocupaciones no literarias, nunca dispongo del tiempo suficiente como para satisfacer plenamente esa necesidad ni para divertirme todo lo que quisiera. Pero observo y analizo y escribo lo que puedo. En algún momento esta situación llegó a angustiarme, pero ahora me he conformado, porque como dice Wordsie, nada tiene demasiada importancia y ésto tampoco (y al fin de cuentas nada dura para siempre).</font></p>
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		<title>ÉL ESTÁ POR LLEGAR</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Sep 2008 03:57:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>andres</dc:creator>
		
	<category>General</category>
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		<description><![CDATA[Andrés Capelán
&#160;
Cada hombre que pasó por tu vida te dejó su huella, desde tu padre –el primero– hasta el que estás esperando ahora –el último. Curiosamente –piensas– ambos te dejaron el mismo tipo de huellas. El primero, las de su cinturón de cuero, el último, las de sus nudillos. El primero te quería enseñar a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal"><font size="3"><font face="Arial"><strong>Andrés Capelán</strong></font></font></p>
<p class="MsoNormal">&nbsp;</p>
<p><font size="3"><font face="Arial">Cada hombre que pasó por tu vida te dejó su huella, desde tu padre –el primero– hasta el que estás esperando ahora –el último. Curiosamente –piensas– ambos te dejaron el mismo tipo de huellas. El primero, las de su cinturón de cuero, el último, las de sus nudillos. El primero te quería enseñar a obedecer, el último también. </font></font><font size="3" face="Arial"> </font></p>
<p><font size="3"><font face="Arial">Con cada hombre que pasó por tu vida aprendiste algo. Con Roberto aprendiste a separar los muslos, con Carlos a disfrutarlo, con Jorge a odiarlo. Con Roberto también aprendiste que al subir a un ómnibus vacío había que sentarse en el fondo para evitar o al menos postergar una eventual cedida de asiento a embarazadas, ancianas o lisiados; que los cubiertos se ponían en el escurridor con las puntas para abajo; que el rollo del papel higiénico se colocaba al revés de como lo hacías tú; y que para los hombres el sexo es una necesidad fisiológica independiente de tus deseos (con Roberto aprendiste a cerrar los ojos y dejar hacer).</font></font><font size="3" face="Arial"> </font></p>
<p><font size="3"><font face="Arial">Roberto además te enseñó que la fidelidad es una cualidad únicamente femenina, y eso te dolió mucho. Tanto te dolió que volviste a la casa de tus padres, y ahí aprendiste que no hay nada peor que una mujer que abandona a su marido. Tu padre te miró con desprecio, más hosco que siempre; tu madre te trató de pretenciosa y te llamó fracasada. Te hundiste en el pozo que tu misma excavaste, comenzaste a tomar anti depresivos, luego alcohol, y luego apareció Carlos.</font></font><font size="3" face="Arial"> </font></p>
<p><font size="3"><font face="Arial">Pensaste que renacías, que la vida era maravillosa, que había justicia en el universo. Fuiste feliz, muy feliz. Cantaste, bailaste, moriste y volviste a nacer en los brazos de Carlos una y otra vez. Lo querías mucho y pensaste que él también te quería mucho a tí. Dos veranos cantaste, bailaste y moriste con Carlos, y un otoño te despertaste y viste una esquela en tu mesa de luz:  No llores perderme, nunca me tuviste / yo no puedo darme, esa es mi condena, decía, y Carlos ya no estaba.</font></font><font size="3" face="Arial"> </font></p>
<p><font size="3"><font face="Arial">Ese día aprendiste que amar no es suficiente y entendiste un tanto el despecho de Roberto. ¿Te vas de vuelta? Ahora si te va mal, no vuelvas –te había dicho tu madre. No tu padre, tu madre te había dicho eso. Y volviste a llorar, mas desamparada que antes pero tal vez por eso mismo lloraste menos que antes. Cuando Jorge te envió el primer ramo de rosas de tu vida no dudaste un segundo. Te casaste con dos meses de embarazo. Pensaste que de esa manera ya nunca más volverías a quedarte sola. Entonces aprendiste que hay hombres que no son lo que parecen (se suponía que eso lo debías haber aprendido mucho antes pero fue recién entonces que lo aprendiste), y que una trampa puede desatar la furia.</font></font><font size="3" face="Arial"> </font></p>
<p><font size="3"><font face="Arial">Tal vez fuera por los golpes, tal vez fuera por tu angustia, pero nunca pariste. Volviste a llorar –ésta vez por los dos– y cada lágrima era seguida por un nuevo golpe. Pensaste que te lo merecías, creías que te los merecías. Callaste y seguiste cerrando los ojos y separando los muslos. Dando vuelta la cara, los dientes apretados para soportar el olor a alcohol, tus puños cerrados aferrados a la sábana para soportar los puños de él. Meses, años. Nadie oyó tus gritos porque nunca gritaste (Si te va mal no vuelvas –te había dicho tu madre). Ahora estás sentada en la mesa de tu cocina bebiendo alcohol y escribiendo ésto. Miras el reloj, él está por llegar. Miras el revólver y ya no lloras. Él está por llegar&#8230;</font></font>
</p>
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		<title>EN SILENCIO AL ATARDECER</title>
		<link>http://capelan.ngblogs.com.uy/2008/08/03/en-silencio-al-atardecer/</link>
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		<pubDate>Mon, 04 Aug 2008 02:30:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>andres</dc:creator>
		
	<category>General</category>
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		<description><![CDATA[Andrés Capelán
Sólo, la ventana abierta, las sábanas en desorden, mira el techo del rancho de lata con manchas de óxido, con telarañas, con lentitud, con desgano, con ojos enrojecidos. Respira el aire pesado y húmedo mezclado con el humo de su cigarrillo. Escucha la música festiva que llega del rancho de al lado y respira [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal"><font size="3"><strong>Andrés Capelán</strong></font></p>
<p><font size="3">Sólo, la ventana abierta, las sábanas en desorden, mira el techo del rancho de lata con manchas de óxido, con telarañas, con lentitud, con desgano, con ojos enrojecidos. Respira el aire pesado y húmedo mezclado con el humo de su cigarrillo. Escucha la música festiva que llega del rancho de al lado y respira y aspira lenta y demoradamente. La mirada perdida, inhala y exhala, una y otra vez. La cara sin afeitar, agobiado por el calor, fuma y mira el techo.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Sus movimientos (los del brazo que cada tanto arrima el cigarrillo que aprietan las falangetas de los dedos índice y mayor de su mano derecha) son lentos. Tiene la camisa manchada y húmeda pegada al cuerpo. Tiene las uñas negras. Se mira las palmas de las manos y al notar que se se le han ampollado maldice en voz baja, como si alguien pudiera escucharle. Pero no hay nadie, solo están él  y la cama y la tarde gelatinosa y una mesa con una damajuana y dos vasos y un ropero viejo y una pala y dos sillas (la que está caída parece envuelta en ropa de mujer) y el calor insoportable y poco más. Huele a vino barato.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Le brillan los ojos. Hay mugre en las rodillas de sus pantalones y ahora sobre las sábanas, manchadas y húmedas. Cuando el cigarrillo casi consumido le quema los dedos lo tira al piso de tierra removida con un gesto rápido, y vuelve a maldecir, ésta vez en voz alta y con energía. Luego, se queda quieto pero inquieto, como escuchando atento, pero lo único que oye es la música, nada más, ninguna conversación, ninguna sirena. </font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Enseguida mete la mano en el bolsillo de su camisa y saca otro cigarrillo de un paquete ajado. Tantea en su pantalón buscando algo, saca una caja de fósforos y enciende uno. Su mano temblorosa lo acerca al extremo del segundo cigarrillo. Tira la cerilla al piso, y vuelve a quedarse inmovil, mirando las volutas del humo del tabaco al trasluz del sol poniente que entra por la ventana. Y el calor que no cesa, y el olor a tierra y a sudor. Y las sábanas manchadas. </font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">La luz del sol desaparece de golpe. No se mueve una hoja, la música ha cesado. Algo está por suceder, el calor es más agobiante que nunca. Se queda inmóvil, congelado como en una fotografía, expectante. De pronto una ráfaga de aire entra por la ventana. Luego, un destello plateado contra la pared metálica, y casi enseguida, un trueno.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Se queda allí, quieto pero alerta, escuchando cómo las primeras gotas –gruesas, lentas- resuenan contra las chapas. Las va contando. Por poco tiempo, no llega a la veintena porque al rato la lluvia es un murmullo contínuo y ya no puede distinguir una gota de otra. Gira su cuerpo y se sienta en la cama. Hace resbalar las palmas de sus manos sucias y ampolladas por su cabeza, desde la frente hasta la nuca. Suspira, se para y camina hasta la ventana esquivando la tierra removida y el charco de sangre. El aire fresco llena sus pulmones. La música vuelve a sonar con estridencia en el rancho de al lado. Mira llover sobre el jardín, impasible, fuma, y piensa: “No dijo ni ¡Ay!”.</font><font size="3"> </font>
</p>
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		<title>SEIS EJERCICIOS SOBRE “EL DINOSAURIO” DE AUGUSTO MONTERROSO</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Jun 2008 03:10:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>andres</dc:creator>
		
	<category>General</category>
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		<description><![CDATA[Andrés Capelán 
EJERCICIO 1 
Esa noche, el sereno del museo de Historia Natural estaba cansado. Contra su costumbre, había bebido demasiado alcohol en el cumpleaños de su cuñado. Él, siempre tan responsable, tan sobrio, tan medido, se había dejado llevar por la charla y el jolgorio y –sin darse cuenta- había estado bebiendo whisky tras whisky hasta [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><font size="3">Andrés Capelán</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3"><strong>EJERCICIO 1</strong></font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Esa noche, el sereno del museo de Historia Natural estaba cansado. Contra su costumbre, había bebido demasiado alcohol en el cumpleaños de su cuñado. Él, siempre tan responsable, tan sobrio, tan medido, se había dejado llevar por la charla y el jolgorio y –sin darse cuenta- había estado bebiendo whisky tras whisky hasta que fueron demasiados. Ahora, a las tres de la madrugada, los ojos se le cerraban a su pesar. Viendo lo irremediable de la situación, buscó un lugar confortable  para echarse un sueñecito. Caminó por los pasillos en penumbras hasta la sala del Tyranosaurus rex, la idea fija en el mullido sillón allí ubicado. Cuando entró al gran salón, sus ojos buscaron el asiento con la lujuria del somnoliento. Puso el despertador de su reloj pulsera a las cinco de la mañana, y se deshilvanó en el sofá. Cerró los ojos y en unos pocos segundos la oscuridad y el silencio y la paz fueron con él. Pero no por mucho rato, porque pronto una pesadilla lo vino a buscar. Revolviéndose en el sofá, soñó que el tiranosaurio cobraba vida, que poco a poco sus huesos comenzaban a llenarse de tendones, de vasos sanguíneos, de músculos, de piel, y que -completo que estuvo- el monstruo se sacudía cual un perro al salir del agua, emitía un profundo rugido, y se iba caminando haciendo temblar el edificio. El sereno soñaba que el lagarto terrible huía y él estaba inmovilizado y no podía hacer nada para impedirlo. Empapado de sudor, quiso pegar un alarido pero ningún sonido salió de su boca. Hizo una fuerza increíble para despertarse. No pudo. Volvió a intentarlo y esa vez lo logró. Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3"><strong>EJERCICIO 2</strong></font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Ese juguete era el mayor tesoro del niño. No por lujoso, ni por grande, ni por llamativo. Al contrario, era un muñequito de paño pequeño y barato. Tal vez lo quería tanto por la apariencia torpe que le daban esas grandes y pesadas patas, ese largo cuello, esa sonrisa simpática de monstruo, pero de monstruo hervíboro. Es que los hervíboros siempre fueron los buenos en las fábulas y las historias infantiles, las cabritas, las ovejitas, los conejitos, y los dinosauritos hervíboritos también. Tanto lo quería que no se dormía si no era abrazándolo. Tanto lo quería que un día soñó que el niño de al lado se lo robaba. Ese niño malo le arrancaba el muñeco de los brazos y salía corriendo, y él gritaba y nadie le oía. Sus padres miraban cómo el niño malo huía con su dinosaurio y nada hacían, peor: reían. Lo miraban, se miraban, y reían. Abrió los ojos llorando desconsolado pero se calmó enseguida. Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3"><strong>EJERCICIO 3</strong></font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">El pequeño terápsido peludo corrió y corrió y corrió. Despavorido, perseguido de cerca por un ágil velociraptor verdoso, corrió y corrió hasta que logró entrar a su madriguera justo en el momento en que su perseguidor le lanzaba una estocada con su mano de afiladas garras. Sintió un dolor punzante pero siguió corriendo hasta el fondo de la cueva, donde le esperaban madre terapsida y sus otros hermanos. Se cobijó en su vientre, temblando y gimiendo. La madre olió la sangre, encontró su cola herida y comenzó a curarla lamiéndola lentamente. Por el agujero de la madriguera veía al velociraptor husmeando, pero no tuvo miedo, porque estaba con su madre y porque sabía que el monstruo no podría llegar hasta él. Vino la noche y se quedó dormido. Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3"><strong>EJERCICIO 4</strong></font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Mirándolo fijamente con sus fríos ojos de reptil ávido de sangre, la saliva escurriendo por entre sus grandes dientes afilados como puñales, chorreando por la comisura de su boca sin labios&#8230; Inclinado sobre él, la lengua ondulante, los pequeños brazos levantados en posicion de ataque, el dinosaurio todavía estaba allí. Se levantó rápidamente, el ceño fruncido, malhumorado. Entonces gritó: -¡Rosaaaura! ¿No te dije que sacaras del cuarto el póster de ese dinosaurio de porquería? ¿Que? ¿Hablo yo o pasa un tren? ¡Me caigo y no me levanto! Y se fue a lavar la cara sin esperar respuesta.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3"><strong>EJERCICIO 5</strong></font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Mirándolo fijamente con sus fríos ojos de reptil ávido de sangre, la saliva escurriendo por entre sus grandes dientes afilados como puñales, chorreando por la comisura de su boca sin labios&#8230; Inclinado sobre él, la lengua ondulante, los pequeños brazos levantados en posicion de ataque, el dinosaurio todavía estaba allí, olfateándolo como extrañado. Superado el desmayo, el viajero sintió que un escalofrío le recorría todo el cuerpo y comenzó a sudar. Venciendo su miedo, extendió lentamente su mano hasta hacerse con el bastón de mando de la máquina del tiempo y –tembloroso- marcó 2107. Se desvaneció un segundo antes de que las enormes mandíbulas se cerraran en el aire que había estado ocupando hasta ese momento. El dinosaurio miró a un lado y a otro desconcertado. Su rara presa tan largamente olfateada ya no estaba allí. Sacudió la cabeza, se volvió, y siguió cazando como si no hubiera pasado nada. En ese mismo momento, millones de años después, el viajero en el tiempo estaba pensando en que tenía que encontrar una solución a ese asunto de los desmayos al momento de hacer la transferencia. Recordó el aliento apestoso del dinosaurio y volvió a sentir un escalofrío en la columna vertebral. </font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3"><strong>EJERCICIO 6</strong></font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Mirándola fijamente con sus fríos ojos de reptil ávido de sangre, la saliva escurriendo por entre sus grandes dientes afilados como puñales, chorreando por la comisura de su boca sin labios&#8230; Inclinado sobre ella, la lengua ondulante, los pequeños brazos levantados en posicion de ataque, el dinosaurio todavía estaba allí. –Steven, cariño –llamó- ¿Cuando te vas a llevar el Ti-rex? Ya te dije que no me gusta que traigas trabajo a casa, cielo.</font>
</p>
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		<title>CRASH</title>
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		<pubDate>Sun, 11 May 2008 13:34:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>andres</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[
Andrés Capelán 
Quiso acordarse pero no pudo. Tampoco le importó porque no se dio cuenta. De todas maneras apretó el acelerador e hizo avanzar el automóvil. Apoyando su espalda firmemente en el respaldo del asiento, aumentó la velocidad al máximo y el auto se estrelló contra el muro. Sacudió la cabeza y le hizo dar marcha [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal">
<p><font size="3">Andrés Capelán</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Quiso acordarse pero no pudo. Tampoco le importó porque no se dio cuenta. De todas maneras apretó el acelerador e hizo avanzar el automóvil. Apoyando su espalda firmemente en el respaldo del asiento, aumentó la velocidad al máximo y el auto se estrelló contra el muro. Sacudió la cabeza y le hizo dar marcha atrás. Maniobró sin pena y sin rabia, volvió a acelerar furiosamente, y el auto pegó de nuevo contra el muro. Chasqueó tres veces la lengua e intentó de nuevo la maniobra, ésta vez más lentamente. Sonrió cuando al fin logró girar el vehículo 90 grados hacia la izquierda y hacerle continuar su marcha en paralelo al muro. Cuando llegó hasta sus pies, se inclinó, lo tomó con la mano y lo introdujo en su morral junto con el control remoto. Al enderezarse percibió un aroma vagamente conocido. Se tocó las asentaderas y las encontró húmedas. Entonces supo que tenía que entrar para que lo lavaran, se había hecho encima.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Mientras lo lavaban le pareció que se acordaba de algo. Cerró los ojos y había un campo y un árbol. En el árbol había flores y en el campo había un rancho. Junto al rancho una silla con un montón de ropa&#8230; no, no era un montón de ropa. Era un hombre sentado bajo un gran árbol. A su lado, un perro dormía en la sombra&#8230; no, no era un perro, era un niño jugando con un auto a control remoto. Se acercó para mirarle la cara y se dió cuenta de que sus rasgos le resultaban familiares. ¿Donde había visto antes a ese niño? Justo cuando iba a preguntarle su nombre, la enfermera le despertó sacudiéndolo suavemente. Silencioso y pensativo, con el entrecejo fruncido, dejó que le ayudara a salir de la tina. Dejó que le vistiera. Dejó que le sentara en un silla a la sombra del tilo A su lado había un perro, un labrador dorado que le miró a los ojos y movió lentamente la cola en señal de reconocimiento. Entonces cerró los ojos y lloró.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Se dejó abrazar por su madre y siguíó llorando en su hombro hasta que poco a poco fue desapareciendo la angustia. Luego levantó la cabeza y abrió los ojos. Sonrió a la enfermera y dejó que depositara en su regazo la bandeja con la taza de té con leche y plantillas que le traía. Mojó las plantillas en el té, las comió todas y vació la taza. Luego se limpió con la servilleta de tela blanca almidonada, devolvió la bandeja y siguió jugando con su auto a control remoto. Al poco rato descubrió que la carretera no era larga sino circular. Sentado al volante veía como pasaba una y otra vez por el mismo puente; como aparecía una y otra vez el mismo pueblito con la misma iglesia, con el mismo café con mesitas en la vereda, donde una mujer rubia tomaba otro té.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">La cuarta vez que pasó por el café detuvo su marcha. Estacionó el auto junto a la acera, abrió la portezuela y bajó. Miró a la mujer rubia, que le sonrió y le dijo “¡Hola! Hace mucho que te esperaba, pensé que no te ibas a detener nunca&#8230;” Él sonrió también, apartó una silla y se sentó frente a ella. “¿Cómo estás, preciosa?” le dijo seductor. “Bien, Papá, disculpá que la semana pasada no pude venir, pero Susan estaba con fiebre y no podía dejarla sola”, le contestó ella. “¿Tenés un cigarro?”, preguntó él. </font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Aspiró lentamente el humo del cigarrillo, lo paladeó, lo envió a sus pulmones y luego lo expulsó lentamente por su nariz. En ese momento se dió cuenta de que el pianista estaba tocando aquella canción. Enojado, se levantó, atravesó el salón y lo increpó: “¡Sam! ¿Cuantas veces te dije que no tocaras esa canción?” Como toda respuesta, el pianista inclinó su cabeza y señaló con la mirada hacia una mesa del fondo del salón. Él volvió su cabeza y entonces la vio. Se acercó a su mesa, apartó una silla y se sentó frente a ella. “¿Cómo estás, preciosa?”, le dijo algo perplejo, mientras ella lanzaba una bocanada de humo. “¿Por qué llorás, hijo?” le preguntó ella. “No lloro -contestó él- es el humo”. Su madre le dió un beso en la frente y se alejó.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Con el cigarrillo todavía en los labios, volvió a subir al convertible, lo encendió, puso el cambio y apretó el acelerador a fondo. El bólido surcaba raudo la campiña. Al llegar al puente una ceniza le entró en el ojo. Se estrelló contra el muro a máxima velocidad. Salió disparado por sobre el parabrisas y cayó como un bulto flácido en el arroyo. Cuando abrió los ojos, se encontró con el rostro de ella casi pegado al suyo. “¿Se siente bien?” –le preguntó la enfermera. “Si, si –contestó él- ¿No tiene un cigarrillo?”. Ella le puso un cigarrillo encendido en la boca y se alejó. Él tomó el control remoto, apretó el acelerador e hizo avanzar el automóvil. Aumentó la velocidad al máximo, y el auto se estrelló contra el muro&#8230;</font><font size="3"> </font></p>
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		<title>Él está ahí</title>
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		<pubDate>Sun, 11 May 2008 13:34:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>andres</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Andrés Capelán 
Él está ahí, me vigila desde su escondrijo en los matorrales de la laguna, y espera a que me vaya para salir a cazar anguilas y axolotes, para nadar panza arriba displicentemente, para entrar a la casa y revolver mis cosas. He intentado algunas veces volver antes y entrar en silencio por la puerta [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><font size="3">Andrés Capelán</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Él está ahí, me vigila desde su escondrijo en los matorrales de la laguna, y espera a que me vaya para salir a cazar anguilas y axolotes, para nadar panza arriba displicentemente, para entrar a la casa y revolver mis cosas. He intentado algunas veces volver antes y entrar en silencio por la puerta de atrás. Reviso la casa y descubro su rastro húmedo y las huellas de sus patas anchas en la alfombra, pero nunca lo puedo encontrar dentro. Miro entonces lentamente hacia la laguna por entre las rendijas de la cortina veneciana de la ventana del living, pero nunca lo puedo ver. Es que él me huele y se esconde, él me huele con esas miserables narinas que tiene en su pico negro y chato, con esas ranuritas de porquería que parece que no sirven para nada, y sin embargo con ellas me huele, y huye, y se esconde. </font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Después, de madrugada, cuando está todo oscuro y no puedo verlo, cuando mis ojos rojos intentan conciliar el sueño mientras trato de olvidar el recuerdo del flapear de las alas de miles y miles de somormujos como él que tengo metidas en la cabeza, ahí lanza su obsceno canto trompetero y hace que salte de la cama, prenda las luces, corra hacia el porche y descargue mi escopeta sobre los matorrales que rodean la laguna. Cuando cesa el estruendo y el humo de la pólvora se disipa en el aire, entre el coro de perros que ladran asustados, siento el flapear de sus alas mientras se aleja riendo hacia el monte.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Esto sucede todos los días desde que comenzó el verano. He pensado en vaciar la laguna para que no venga más, pero me da pena por los castores, a los que tanto trabajo les ha dado construir su represa tronco a tronco, maderita a maderita, ramita a ramita. No puedo hacerles eso. Los castores son amigos míos, me regalan peces para que ahume en mi estufa y haga conservas. Ellos también le temen al somormujo. Cuando llega, se esconden en la isla de su madriguera y sólo salen si yo estoy en el porche con la escopeta en mi regazo, y por eso él no se anima a salir de los matorrales. Entonces yo los convido con manzanas verdes que les tiro desde el porche y ellos atrapan en el aire.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Desde que vino el somormujo paso todas las mañanas así, en el porche, fumando mi pipa sentado en la reposera con la escopeta en mi regazo, mientras los castores retozan con sus crías y pescan y reparan las filtraciones de su represa. Los vecinos ya están acostumbrados, por lo general no pasan por frente a mi casa, pero si alguno de ellos tiene que acercarse a la laguna por algún motivo, me saludan con un respeto muy parecido al agradecimiento. Yo sonrío y muevo mi cabeza como diciendo que de nada, que sólo cumplo con mi deber. Ninguno se ha quejado nunca por mis disparos, es que ellos también le temen al somormujo. Pasan las noches encerrados en sus casas y saben que dependen de mí para que los proteja. He pensado en mudarme a la montaña, pero eso sería traicionar a los castores y a los vecinos, y por sobre todas las cosas, mi huída significaría la victoria del somormujo y la simple idea de imaginar la sorna con la que comentaría luego mi derrota, se me hace insoportable y me obliga a permanecer firme en mi puesto. </font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Anoche no pude dormir. Lo estuve esperando hasta el amanecer. Me acosté vestido, con la escopeta pronta al costado de la cama. Tal vez el muy taimado se dió cuenta y fue por eso que no lanzó su grito terrible, o tal vez ya se fue, no lo sé. Apenas salió el sol, desayuné y salí con la escopeta a revisar los matorrales. Los castores ya estaban pescando. Cuando me vio venir, Alfa me saludó como acostumbra (golpeando en un tronco con su gran cola plana y haciendo mohines moviendo sus bigotes), yo le sonreí y sacudí mi mano levantando el brazo sin detener mi camino (que es como acostumbro a saludarlo), y entonces él se zambulló en el agua. Mientras yo revisaba minuciosamente los matorrales de juncos en las nacientes de la laguna, Alfa salió del agua y depositó sobre la roca cuadrada tres grandes sardinas azules. Luego de mirar hacia donde yo estaba, volvió a zambullirse y siguió con lo suyo. Yo también seguí con lo mío. En el rincón más apartado de la laguna encontré una gran bola de plumas y espinas, prueba inequívoca de que el somormujo había estado allí. Envolví la bola en la hoja de un nenúfar y la guardé en mi faltriquera. Volví a la casa sin encontrarlo, recogí las sardinas, las guardé en una lata y las tapé con aceite. Entonces empezó a llover.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">El día en que llegó el somormujo también llovía. ¡Y cómo llovía! Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Él venía volando bajito, como a los tropezones. Las ráfagas de lluvia entorpecían su vuelo rastrero, le dificultaban mantener el rumbo. Yo corrí a buscar mi escopeta y le disparé tres cargas. Lo ví caer en el agua, juro que lo ví caer en el agua, aleteando inutilmente, salpicando para todos lados. Lo vi aletear, iluminado por el fogonazo de un potente relápago, en el medio de una mancha roja. Juro que vi hundirse su cabeza empenachada y flotar su cuerpo hinchado, las cortas patas hacia arriba aún moviéndose. Lo juro, lo ví, lo ví. Entonces resonó un trueno lento, profundo y grave que hizo temblar largamente la casa, y luego toda el agua que había en el cielo cayó sobre la laguna. Nunca había visto ni oído llover así. No veía más allá del porche y la casa  trepidaba golpeada por tanta agua. Fueron unos pocos minutos, si, no duró mucho ese diluvio, pero cuando pude ver de nuevo la laguna, él ya no estaba. Me puse la capa y las botas, tomé el gancho de ballenero y salí a buscarlo, pero por más que revisé y revisé, no lo encontré por ningún lado. Los castores también salieron apenas paró la lluvia para reparar presurosos el metro y medio de dique que había destruído la fuerza del agua caída. Mientras volvía a la casa escuché un tenue Uuuuuuuhhhhhh como en la lejanía pero no le dí importancia. Abrí mi lata de sardinas y me preparé la cena. Luego, toqué el violín hasta que me vino el sueño, entonces me fui a dormir, pero no habría pasado ni la mitad de la noche que me despertó ese grito desgarrador, ese sonido ominoso y terrible: Cueeeeeeeeeek, Cueeeeeeeeeek, Cueeeeeeeeeek, cuyo recuerdo y cuya inminencia me acompaña ahora todas las noches, y me ha robado el sueño. </font>
</p>
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		<title>Ojos</title>
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		<pubDate>Sun, 11 May 2008 13:34:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>andres</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Andrés Capelán 
Es muy tarde y tengo los ojos rojos, sin embargo no tengo sueño. Mis ojos me pican, me arden, me lloran y yo no puedo cerrarlos. Tengo que seguir sentado aquí escribiendo ésto, no puedo elegir otra cosa. Unas gruesas cadenas me tienen atado a esta silla y a este ordenador y no me [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><font size="3">Andrés Capelán</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Es muy tarde y tengo los ojos rojos, sin embargo no tengo sueño. Mis ojos me pican, me arden, me lloran y yo no puedo cerrarlos. Tengo que seguir sentado aquí escribiendo ésto, no puedo elegir otra cosa. Unas gruesas cadenas me tienen atado a esta silla y a este ordenador y no me dejan mover de aquí. Si, es una metáfora, está claro no hay ningunas cadenas materiales, es mucho peor. Pestañeo cada vez más, cada tanto aprieto mis párpados para fabricar una lágrimas que alivien la irritación de mis ojos. Lo único que logro es ver borroso. Las letras se entreveran en la pantalla, el fondo blanco me lastima los ojos, que me duelen cada vez más, y sin embargo no puedo cerrarlos. Tengo que seguir escribiendo a pesar del cansancio, y del dolor de espalda, y de los dedos al borde del calambre, y del embotamiento y de la irritación de mis ojos y de los párpados cada vez más pesados que intentan tozudamente cerrarse. Y sin embargo, apenas los cierro, no pasa un segundo que ya los tengo abiertos de nuevo, mirando estas letras que aparecen de la nada, sembradas por una barrita vertical negra que cuando no escribo parpadea, y parpadea, y parpadea sin parar al igual que mis ojos. Una barrita negra que late una y otra vez, incansable, insaciable, inmisericorde, late y late y me dice: “sigue escribiendo, sigue escribiendo, sigue escribiendo”. Y yo sigo ¿qué otra cosa puedo hacer? Sólo me podría salvar la llegada de alguien, una llamada telefónica al menos. Pero ya es muy tarde y todos mis amigos están durmiendo. Mas no pierdo la esperanza, tal vez una llamada equivocada me pueda liberar de estas cadenas. Mientras tanto, escribo y escribo y escribo, y mis ojos duelen y lloran y me nublan la vista, pero yo sigo y seguiré hasta que algo suceda y me detenga, o hasta que entienda los motivos por los que me pasa ésto&#8230; Si, claro, era por eso. Ya entendi. Buenas noches.</font><font size="3"> </font></p>
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		<title>Eso</title>
		<link>http://capelan.ngblogs.com.uy/2008/05/11/5/</link>
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		<pubDate>Sun, 11 May 2008 13:34:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>andres</dc:creator>
		
	<category>General</category>
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		<description><![CDATA[Andrés Capelán 
No se como llamarlo. Bueno, lo que pasa es que en realidad no se como llamarlo porque la verdad es que no se lo que es. El asunto es que se me escapó, ya no está, lo perdí, se fue. Y como no se lo que es, no sólo no puedo darle un nombre, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><font size="3">Andrés Capelán</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">No se como llamarlo. Bueno, lo que pasa es que en realidad no se como llamarlo porque la verdad es que no se lo que es. El asunto es que se me escapó, ya no está, lo perdí, se fue. Y como no se lo que es, no sólo no puedo darle un nombre, sino que tampoco puedo buscarlo y por ende es imposible que lo encuentre y lo recupere.Lo consulté con el mecánico, y me dijo que no me preocupara, que me quedara tranquilo, que esas cosas pasan, que no soy el único. Mi médico y mi vecina de al lado fueron de la misma opinión. Cuando les expliqué mi problema a mis compañeros de trabajo, todos sonrieron, menearon la cabeza, y me dijeron lo mismo. Pero yo me preocupo y no estoy tranquilo. ¿Como es posible que algo que hasta ayer estaba ahí (guardadito, seguro, como adherido) desapareciera de golpe sin que yo me diera cuenta? Y lo que es peor: ¿Cómo es posible que ahora ni siquiera sepa qué era? No me puedo conformar. Es inútil, pienso y pienso y no me doy cuenta de lo que era. Lo único que sé es que ya no está donde estaba, que me falta algo, que tengo un vacío. ¿Era un recuerdo? ¿Una idea? ¿Un sentimiento? ¿Una sensación? ¿Una emoción? No lo sé. ¡No lo sé! Y lo que me abruma, lo que me impide comer y trabajar, lo que hace que pase todas las noches en vela, es la terrible, ominosa certeza de que nunca, pero nunca más, recuperaré eso que perdí. Eso es de lo único que estoy seguro&#8230;</font>
</p>
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		<title>Caminé</title>
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		<pubDate>Sun, 11 May 2008 13:33:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>andres</dc:creator>
		
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Caminé y caminé y caminé. Mucho caminé, horas caminé. Caminé tanto que me duelen los pies y ya no se donde estoy. Miro a mi alrededor y no reconozco a la gente ni a las casas, ni a las baldosas, ni a los árboles. Todo es extraño, distinto, nuevo, amenazante. Un hombre pasa y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><font size="3">Andrés Capelán</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Caminé y caminé y caminé. Mucho caminé, horas caminé. Caminé tanto que me duelen los pies y ya no se donde estoy. Miro a mi alrededor y no reconozco a la gente ni a las casas, ni a las baldosas, ni a los árboles. Todo es extraño, distinto, nuevo, amenazante. Un hombre pasa y me saluda pero yo no lo reconozco. Por educación, retribuyo el saludo con una inclinación de cabeza y sigo caminando. Una niña se me acerca corriendo y me tira del saco. La miro, no la conozco. Me dice algo en un idioma que yo no entiendo. Aprieto mi solapa, pego un tirón fuerte para que me suelte, y apuro el paso. La niña queda atrás, llorando desconsolada, no entiendo por qué, no la conozco, no le hice nada. La gente mira a la niña y me mira a mí. Una mujer se acerca a la niña y le acaricia la cabeza, la niña llora en su regazo. La mujer me mira con cara de reprobación. Yo no hice nada malo, simplemente huí de una desconocida. Aquí son todos desconocidos. Caminé mucho. Miro los carteles de los comercios y están escritos en un idioma que yo no entiendo. Intento adivinar qué venden pero me es imposible. Miro los escaparates pero no conozco las mercaderías que exhiben. ¿Frutas exóticas? ¿Ropas extranjeras? No lo sé, no puedo distinguir una cosa de la otra. Pienso que lo mejor sería desandar lo andado pero no me animo. Allá atrás la mujer sigue mirándome, la niña sigue llorando, y el hombre que me saludó se les ha acercado y conversa con ellas. Me señalan a otros transeúntes. Sin dudas hablan de mí. Entonces dejo de mirar atrás y vuelvo a apurar el paso. Camino y camino por una vereda extraña, de color indefinido, construída con un material desconocido para mí. Necesito un punto de referencia, un cable que me devuelva a mi mundo. Miro el cielo con la esperanza de encontrar al menos una nube familiar y tranquilizadora, pero no hay ninguna. Arriba solo veo un gigantesco insecto volando lentamente en círculos sobre mi. Sin dejar de caminar, voy buscando la protección de la sombra de esos enormes, extraños árboles plantados a un costado de la vereda. Me pregunto de qué especie serán, de cual variedad. No encuentro respuestas. Nunca ví árboles así. Allá, a lo lejos, frente a los almacenes, el grupo de gente que rodea a la niña es cada vez mayor. Todos miran hacia donde estoy y gesticulan y hablan entre ellos. Algunos comienzan a gritarme cosas que yo no entiendo, me parece que por la distancia, pero también porque hablan en el mismo idioma desconocido que la niña. Vuelvo a apurar otra vez el paso, tengo que llegar a casa. Camino y camino y cuando miro hacia atrás, la niña y la mujer y el hombre parecen estar siempre a la misma distancia. ¿Me están siguiendo? Entonces corro, corro y corro, cada vez más rápido, corro. Tengo que llegar a mi casa. Mi casa. Mi casa&#8230; –pienso mientras me tropiezo y caigo.</font>
</p>
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		<title>Diálogo</title>
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		<pubDate>Sun, 11 May 2008 13:33:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>andres</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Andrés Capelán 
- No, señor, no lo ví, se lo juro. ¿Para qué le voy a decir una cosa por otra? ¿Que sentido tendría? Si le digo que no lo ví, es porque no lo ví. Si, disculpe, no quise ser grosero, sucede que aunque usted no me crea, aunque parezca mentira, aunque sea difícil de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><font size="3">Andrés Capelán</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">- No, señor, no lo ví, se lo juro. ¿Para qué le voy a decir una cosa por otra? ¿Que sentido tendría? Si le digo que no lo ví, es porque no lo ví. Si, disculpe, no quise ser grosero, sucede que aunque usted no me crea, aunque parezca mentira, aunque sea difícil de entender, yo no lo ví. ¿Qué le voy a hacer ahora? ¿Quiere que le mienta? No, no se lo tome así, lo siento mucho, le pido mil disculpas. ¡Es que no lo ví! Entiendo que no me crea, lo entiendo perfectamente, pero trate de entenderme también usted a mí. Piense un poco, si lo hubiera visto podría haber encontrado una excusa más creíble, podría decirle, por ejemplo: “en ese momento estaba mirando para otro lado”, pero como no lo ví, no podría decir para qué lado hubiera tenido que mirar para haberlo visto. No, por favor, no se lo tome a mal. No, no le estoy tomando el pelo. ¡Es que no lo ví!  No sé como fue que no lo ví, pero no lo ví y eso es todo, no tengo otra explicación. ¡Vaya si quisiera haberlo visto, al menos para ahorrarme este mal rato! Pero no lo ví y no lo ví. No se por qué motivo, pero no lo ví. No, por favor, no se ponga así. Si, tiene usted razón, no le discuto. Sí, sí, soy un estúpido, es verdad. No, no, no es que le esté dando la razón como a los locos, no se enoje, por favor, por favor&#8230; ¡Es que no lo ví! ¡No lo ví! ¡No lo ví! ¡No lo ví! ¿No lo entiende? ¡¡¡No lo ví!!!</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">- Bueno, está bien&#8230; ¿Qué le va a hacer? Si no lo vió, no lo vió. Si, si, le creo. Si, es lógico, si no lo vió ya está, no hay más que hablar. No no está siendo grosero, quédese tranquilo, yo lo entiendo.Son cosas que pasan. ¿Que le va a hacer? ¡Pero hombre! No precisa ninguna excusa, está claro que no lo vió. Tranquilícese, yo le creo. Está bien así. Lo entendí clarito de entrada, no lo vió y ya está, no hay ningún problema. Quédese tranquilo que yo no me lo tomo a mal, son cosas que pasan. Me podría haber pasado a mi mismo, tal vez. No, no, ya sé que no me está tomando el pelo. ¡Por favor! ¿Cómo voy a pensar eso? Tranquilícese que no precisa explicar más, está todo en orden. Fue un momento de estupidez y nada más. Si no lo vió, no lo vió. No, no, no dije que usted fuera un estúpido. ¡Por favor! No, no, tranquilo, tranquilo, yo no me enojo. Está todo bien, no lo vió, no es culpa suya, eso está claro. Tranquilo, tranquilo, está todo en orden, venga, vamos a tomar una. Guarde el revólver, por favor.</font>
</p>
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		<title>Caída Libre</title>
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		<pubDate>Sun, 11 May 2008 13:33:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>andres</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Andrés Capelán 
Volaba rápido. La fuerza del viento le hacía difícil mantener los ojos abiertos, y tampoco  podía respirar. “No importa, voy a disfrutar” –pensó aguantando el aliento, el pecho inflado, los brazos extendidos, el traje flameando. Su madre lo miraba desde una lejana loma de verde césped, nerviosa, retorciéndose las manos. Su padre movió la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><font size="3">Andrés Capelán</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Volaba rápido. La fuerza del viento le hacía difícil mantener los ojos abiertos, y tampoco  podía respirar. “No importa, voy a disfrutar” –pensó aguantando el aliento, el pecho inflado, los brazos extendidos, el traje flameando. Su madre lo miraba desde una lejana loma de verde césped, nerviosa, retorciéndose las manos. Su padre movió la cabeza repetidas veces a derecha e izquierda y dijo: “Éste siempre el mismo pelotudo”. Él sonrió mientras surcaba raudo los aires. Típico de su padre ese comentario. Lo mismo dijo cuando cuando perdió el primer exámen, cuando se ennovió por primera vez, cuando se tuvo que casar de apuro, cuando dejó de estudiar, cuando comenzó a trabajar, cuando perdió el primer trabajo, cuando tuvo el primer hijo, cuando se divorció por primera vez. Su padre siempre movía la cabeza de izquierda a derecha y decía “Éste siempre el mismo pelotudo”. Su madre en cambio guardaba silencio y se retorcía las manos, igual que ahora. </font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Había planificado un viaje corto, unos pocos metros, unos pocos segundos. Sin embargo, ahora, en el aire, su vuelo parecía mucho mas largo y lo disfrutaba. Se dio cuenta de que toda su vida había estado buscando esa sensación de libertad, y se preguntó por qué había esperado tanto. Claro que la respuesta ya estaba en su cabeza antes de hacerse la pregunta. Los compromisos, las presiones sociales, el qué dirán&#8230; Con una sonrisa recordó aquél aforismo reaccionario que decía “Si Dios hubiera querido que los hombres volaran tendríamos alas”. Eso le hizo acordarse de su Primera Comunión y de su catequista, una solterona que vivía con su madre. Ella fue la que le abrió las puertas del catolicismo. Para entrar, cuando le explicaba el Génesis y el Apocalipsis, y para salir, cuando quedó embarazada “de un señor mayor y casado”, como contaba su madre a las amigas cuando pensaba que él no escuchaba.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Giró en el aire y quedó mirando al cielo, sus cabellos revoloteando a ambos lados de su cabeza. Saludó al piloto del avión, respiró hondo y volvió a girar, el cielo estaba radiante pero quería ver hacia donde iba, que ya era hora de buscar un adecuado campo de aterrizaje. Vio una plaza repleta de personas, decenas de miles, tal vez, que escuchaban a un orador que –micrófono en mano- caminaba para un lado y para otro de un gran escenario. No, allí no había lugar. Giró hacia su izquierda y se encontró con una estadio en el que otros miles de personas presenciaban un partido de fútbol. Allí tampoco, hubiera sido una falta de respeto interrumpir el match aterrizando en el pasto. ¡Pasto! –pensó, y dirigió su vuelo hacia la loma en la que lo esperaba su madre, ahora con los brazos abiertos. El cuerpo reventó cuando cayó en la acera. </font>
</p>
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		<title>La historia de Juan</title>
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		<pubDate>Sat, 03 May 2008 03:09:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>andres</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[_______________________________________
(Memoria y Balance)
Andrés Capelán
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LOS RECUERDOS 
Juan tiene pocos recuerdos de su niñez, y la mayoría son de segunda mano. Se acuerda de muchas cosas que hizo porque se las contaron, y recuerda lugares en los que estuvo solamente porque hay fotos que así lo atestiguan. Por ejemplo: Juan no tiene el más mínimo recuerdo del único [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><font size="3">_______________________________________</font></p>
<p><font size="3">(Memoria y Balance)</font></p>
<p><font size="3">Andrés Capelán</font></p>
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<p><font size="3">LOS RECUERDOS</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Juan tiene pocos recuerdos de su niñez, y la mayoría son de segunda mano. Se acuerda de muchas cosas que hizo porque se las contaron, y recuerda lugares en los que estuvo solamente porque hay fotos que así lo atestiguan. Por ejemplo: Juan no tiene el más mínimo recuerdo del único día en que su abuela paterna lo llevó al Parque Rodó. Sabe que eso sucedió porque hay una foto en la que él aparece montado en un pony mientras su abuela mira adusta a la cámara sosteniendo afectadamente las grises riendas. </font><font size="3">Tampoco recuerda el día en que -a los cinco años- corrigió a un amigo de su padre que había dicho “zanagoria” en lugar de zanahoria. Sabe que hizo eso porque sus padres no se aburrían de contarlo a terceros cada vez que podían. Y así casi todo. Juan tiene la sensación de no haber vivido ciertas partes de su infancia (que le parecen una película en la que un niño actor interpreta su papel), su memoria está llena de olvidos.</font></p>
<p><font size="3">_______________________________________</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">EL CARIÑO</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">De otras cosas, Juan se acuerda como si hubieran sucedido ayer. Por ejemplo de cuando su padrino lo llevaba a juntar bosta de vaca para abonar la quinta; sentado mirando hacia atrás en una tabla apoyada en los mangos de una carretilla de gruesa chapa. Recuerda claramente cómo el traqueteo de la rueda de hierro por el camino de balastro se transformaba en un roce sutil cuando la carretilla giraba noventa grados y comenzaba a deslizarse sobre el pasto. Recuerda el suave olor de la bosta seca que su padrino tapaba con una vieja bolsa de arpillera. Recuerda que lo bañaba con una jarra enlozada en un gran latón de hojalata que instalaba en “la cocina de afuera” de su casa en Pajas Blancas. Recuerda una olla de aluminio llena de agua hirviendo haciendo equilibrio sobre un primus de sombrero carmesí y rabiosa llama azulada. Recuerda con qué cariño lo envolvía luego en un gran toallón blanco y lo sentaba junto al fuego para que no tomara frío. </font><font size="3">Recuerda -recordará siempre- la tristeza que tenía el rostro con el que él lo miró la última vez de todas, acostado en el que sería su lecho de muerte. Una tristeza inmensa, infinita. Una tristeza que embarga el alma de Juan hasta el día de hoy, que aún lo hace llorar cuando el recuerdo aflora. Lo miraba como pidiendo perdón por irse tan pronto, cuando él sólo tenía siete años. Triste, tristísimo, el hombre más triste del mundo que se daba cuenta de todos los años de amor que se iban a perder (y se perdieron) para siempre.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">_______________________________________</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">EL CARIÑO II</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Juan también se acuerda de cuando para evitar que se golpeara contra el suelo, su abuela materna lo tomó de la muñeca izquierda mientras caía desde el respaldo de la</font><font size="3">silla al que se había trepado. Ahora mismo, cincuenta años después, Juan mira la cara interna de su muñeca izquierda y ve la marca del involuntario arañón que ese día le produjo la uña del meñique derecho de su abuela. No le dolió, ni siquiera sangró. Pero la marca quedó allí para toda la vida, como un recuerdo indeleble de la abuela que más lo quizo, que él más quería, y que más temprano se murió. </font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">_______________________________________</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">EL LLANTO</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Cosa curiosa, Juan no se acuerda de las voces. Ni de la de su padrino, ni de la de su abuela, ni la de su tío materno, con quien una Navidad- hicieron la travesura de comerse toda la cáscara de un queso gruyere en el comedor del fondo (“es lo más rico” decía su tío mientras Juan -fascinado- se esforzaba en masticar la parte más dura del queso, queriendo -y no lográndololo hasta hoy- sentir el mismo placer). Su tío materno también murió cuando él era chico. Era compañero de pesca de su padre, y en los veranos los dos pasaban las tardes tirando el reel en Punta del Canario, mientras Juan buscaba entre las rocas “muditas” de cangrejo para la carnada o recorría las marismas costeras inspeccionándolo todo. Recuerda que en esa multitud de pequeñas piscinas había mojarritas y cangrejos, muchos cangrejos. De los colorados, con grandes pinzas, y de los marroncitos, con pinzitas pequeñitas. Algunos de esos cangrejos eran llevados a la casa para servir de carnadas en futuras pescas, y de tanto en tanto Juan no podía resistirse a enarenar al más grande y soltarlo en el porche para que las niñas -cuando había alguna niña en la casa- se asustaran creyendo que era una araña&#8230; Juan también recuerda que su padre nunca más fue de pesca en los treinta años que transcurrieron entre la muerte de su tío y la suya propia. </font><font size="3">Juan nunca vió una lágrima en el rostro de su padre. Nunca, lo que se dice nunca. Ni cuando murió su padrino, ni cuando murió su tío, ni cuando murió su madre, ni cuando murieron sus abuelos. Pero a veces lo descubría en el galpón del fondo, sólo y callado,  mirando lentamente las cañas y los reeles estibados contra el techo, y era como si estuviera llorando&#8230;</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">_______________________________________</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">EL HORROR</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Juan aprendió mucho de su padre y de su madre. A los nueve años -por ejemplo- aprendió que los maridos les pegaban a sus esposas. Fue una noche de verano. Juan estaba durmiendo pero sintió el lastímero “¡dejáme!” de su madre. Se despertó sobresaltado, creyendo que estaba teniendo una pesadilla, pero escuchó unos extraños ruidos de forcejeos que lo hicieron levantarse de la cama. Temblando, sigiloso, cruzó el zaguán que separaba su cuarto del de sus padres. La puerta estaba entornada pero no había nadie allí. Los rumores y los forcejeos parecían venir del comedor contigüo. Los piecitos descalzos de Juan pisaron con cuidado las viejas tablas de la pieza con techos de bovedilla para que no hicieran ruido, y se fue acercando -temblando cada vez más- a la puerta del comedor. Estaba cerrada, pero Juan la abrió. Las tres miradas se cruzaron. La atónita de Juan. La húmeda de su madre, arrinconada en una esquina de la habitación. La alcohólica de su padre, agarrando con su mano derecha el brazo de su madre y con la izquierda el mango de un plumero. La lección duró un segundo. Tal vez menos. Los tres inmóviles, mirándose a los ojos. Juan cerró la puerta de golpe y se fue corriendo a su cama. Tenía los ojos húmedos pero no lloró. Siguió temblando, temiendo que de un momento a otro se abriera la puerta de su cuarto y entrara el horror. Sin embargo, no entró nadie, ni su padre, ni su madre, y el horror ya estaba adentro suyo. En toda la casa reinó un ominoso silencio, el silencio más callado que recuerda Juan. Esa noche no durmió pero a nadie le importó. Al otro día, su padre se fue a trabajar y su madre lo despertó con el desayuno como todos los días, como si no hubiera pasado nada. Nada dijo entonces (ni diría nada nunca), y por un momento Juan pensó que todo había sido una pesadilla, pero allí estaba el moretón en el brazo izquierdo de su madre&#8230;</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">_______________________________________</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">EL PATRÓN</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">La memoria de Juan guarda sólo una imagen de su abuelo materno. Es la de un hombre viejo y vencido, avergonzado de que su nieto de cinco años, aterrorizado ante su vista, se escondiera debajo del pupitre de la maestra para no irse con él de la escuela. Aferrado a una pata de la mesa, Juan no lo miraba pero lo veía;  azorado, desconcertado, tan distinto al Padre Padrone que las historias de su madre y de su abuela habían grabado en su memoria.</font><font size="3">Juan recuerda los inútiles esfuerzos de su maestra por convencerlo de que abandonara su refugio, y que cuando su abuelo al fin se rindió y se fué, desolado, comenzó a temblar y la maestra lo abrazaba hasta que largo rato después su padrino vino a rescatarlo. </font><font size="3">Su madre siempre contaba los castigos y las crueldades a las que el “Patrón” (nunca le dijo Papá) sometía a ella y a su tío. Con el tiempo, Juan supo que el Patrón también le pegaba a su abuela, y que esa fue la razón por la que se divorciaron cuando tenían 60 años.</font><font size="3">Juan sabía que un 6 de enero su madre y su tío habían encontrado como regalo de los Reyes Magos sus zapatillas llenas de ceniza y que desconcertados miraron al Patrón buscando una respuesta y él les dijo: “Questo é perche se portarone male.” Juan sabía que ese día su madre y su tío habían llorado mucho y que además era mentira eso de que se habían portado mal. Por eso no quiso irse con su abuelo.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">_______________________________________</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">LA TRAICIÓN</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">A los ocho años, sus padres le dijeron a Juan que lo iban a internar en el sanatorio para sacarle una placa de tórax y Juan les creyó porque los padres no mienten. Recuerda que a la tardecita de un día de diciembre entró en el sanatorio y lo instalaron en una sala con otro niño de su edad. En algún momento quedaron solos y se contaron para qué estaban ahí. El otro niño le dijo que lo iban a operar de las <i>agmídalas</i>, y Juan le contó que a él no, que a él sólo le iban a sacar una placa. Juan recuerda que pensó que ese otro niño era un necio cuando se rió y le dijo “Andá&#8230; a vos también te van a operar&#8230;¡mirá si te van a internar para sacarte una placa!” Juan se enojó mucho con ese otro niño que indirectamente acusaba de mentirosos a sus padres. Indignado, dejó de hablarle y se durmió.</font><font size="3">Cuando despertó sintió la garganta reseca. Quiso pedir agua pero no pudo. Estaba mudo. Se tocó el cuello porque sentía como que le hubieran puesto una bufanda tan, pero tan apretada que apenas podía respirar. Cuando vió la cara tristísima de su madre contra el techo de la habitación, comprendió todo. Miró hacia la cama de al lado y el otro niño le respondió con una sonrisa solidaria. Juan lloró. Su madre quiso consolarlo pero no pudo. Luego, comió quilos de helado, lo cuidaron, lo mimaron, lo regalaron, lo consintieron, lo malcriaron; pero fue inútil.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">_______________________________________</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">EL VACÍO</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Juan tuvo un tío que murió antes de nacer su padre. Es más su padre nació porque murió su tío. También se llamaba Juan, pero le decían Juancito y tenía todos los dones que se pueden esperar de un hijo. Era hermoso, cariñoso e inteligente, muy inteligente. Sus abuelos ocultaban como un tesoro los cuadernos de escuela de Juancito. Juan los encontró un día y ahí recién se enteró de que había tenido un tío paterno que había muerto a los 12 años al caer por la claraboya abierta mientras remontaba una cometa en la azotea de la misma casa en la que vivía entonces.</font><font size="3">A su padre no le gustaba mucho hablar de su hermano muerto, y con el tiempo Juan entendió por qué. Su padre sabía que si Juancito no hubiera muerto, él no habría sido concebido; pero además, ante cada uno de sus fracasos o sus renuncias, sus padres respondían imaginando qué hubiera hecho Juancito en su lugar. Fue así que vivió toda su vida intentado emular a Juancito, pero más que nada intentando ocupar el terrible vacío que él había dejado en los corazones de sus padres. Nunca lo logró.</font></p>
<p><font size="3">_______________________________________</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">LA LECCIÓN</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">En la escuela, Juan nunca fue demasiado buen alumno. En segundo año, la maestra Orfilia (pobre) lo llamaba “ardillita” porque era muy inquieto en clase. Por suerte para él, nadie más pareció haber estado de acuerdo con ella, pues el sobrenombre no prosperó. Juan recuerda hasta hoy el comentario que una de sus maestras estampó en su carnet de notas: “Debe y Puede esforzarse más”, pero no se acuerda cual fue la maestra que agregó ese “Puede” mayusculado al comentario que –con unas u otras palabras- aparecía mes a mes y año a año en su libreta de calificaciones.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Lo que hacía que Juan estuviera siempre entre los mejores alumnos de la clase era que su padre le hacía muchos de sus deberes, principalmente las redacciones. ¡Escribía cada cosas más lindas! Al principio, Juan se ponía muy triste cuando su padre rompía la redacción que había escrito y comenzaba a dictarle otra. Después se acostumbró y comenzó a sentirse orgulloso de tener un padre más inteligente que los de los demás. </font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Su momento de mayor gloria fue cuando él y su padre ganaron el concurso de una fábrica de galletitas El Trigal sobre los “Barrios de mi ciudad”. El asunto era así: los adultos de todos los barrios y los chiquilines de todas las escuelas de Montevideo tenían que escribir una composición titulada “Mi barrio”. Luego, un jurado elegía la mejor composición de cada barrio y de cada escuela. Como no podía ser de otra manera, el padre de Juan escribió las composiciones que ganaron ambos concursos. Un día, un remise negro vino a buscar a Juan y sus padres para llevarlos hasta un canal de televisión, donde la conductora del programa de “Los Barrios” lo felicitó, le acarició la cabecita, le dio un beso, y le entregó frente a cámaras una medalla, un diploma, y un montón de galletitas. Por unos meses, fue el niño más famoso de su escuela.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Otro concurso que el padre de Juan ganó para él, fue el que hizo la Liga Antialcohólica. Había que escribir una composición sobre “Consecuencias del Alcoholismo”, y como Juan no entendía nada de eso, su padre (entre caña y caña) se mandó una composición que le valió otro diploma. El día que lo fue a recibir, algo le pasó a Juan. Comenzó a marearse y no sabía por qué. Mientras las señoras de la Liga Antialcohólica convidaban con sandwiches y refrescos, Juan sintió que se asfixiaba. “Me siento mal, me quiero ir”, decía una y otra vez desde el poco más del metro de altura de sus diez años. Al principio, sus padres se desconcertaron. Luego, su padre se enojó. Juan se acuerda de que en el taxi de vuelta su madre lo abrazaba y lo acariciaba y su padre iba sentado adelante mirando serio para afuera.</font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Pero al año siguiente Juan decidió independizarse literariamente de su padre. Unos días antes del 25 de Agosto, la maestra encargó una redacción sobre –precisamente- el Día de la Independencia. Juan no le dijo nada a su padre porque se acordó que en un viejísimo libro escolar con el que jugaba desde hacía años, había una composición lindísima sobre esa fecha. Antes de prender fuego al libro, copió de puño y letra la composición en una hoja de deberes. A la maestra le gustó tanto la redacción de Juan,  que se la mostró a la directora de la escuela, y a la directora de la escuela le gustó tanto tanto, que le pidió a Juan que la leyera en el acto del 25 de Agosto. Ya no podía dar marcha atrás: tuvo que decir que sí. El padre de Juan sospechó algo pero nunca dijo ni preguntó nada. </font><font size="3"> </font></p>
<p><font size="3">Así fue que ese día, luego de que los niños cantaran el himno nacional, Juan leyó su composición plagiada (más nervioso que orgulloso) en un patio de la escuela lleno de niños, padres y maestras. Cuando terminó el acto, el profesor de gimnasia se le acercó y le preguntó “si no le prestaba la composición”. A Juan se le aflojaron las rodillas y respondió que no porque pensó que el “profe” se había dado cuenta de la falsificación. Pero no, no era eso. Al fracasar en su intento de apropiarse gratuitamente del excelente texto, el profesor de gimnasia le dijo si no quería ir a leerlo al acto del 25 de Agosto que iban a hacer el sábado en la Plaza de Deportes del Barrio. Otra vez no tuvo Juan más remedio que decir que sí, y allá fue de nuevo a leer el artículo escrito por vaya a saberse quién, ante varios cientos de desconocidos (y hasta con micrófono). ¡Sudó! Hacía frío, pero Juan sudó mucho porque tenía miedo de que alguien se diera cuenta de su fraude. Nunca nadie se dio cuenta, pero ese día, cuando volvió a su casa, Juan tiró la composición a la basura y luego lloró. Lloró mucho.</font></p>
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